Libertad político – económica ante el COVID-19.

En recientes publicaciones, Giorgio Agamben, llama la atención sobre las decisiones y medidas tomadas por los gobiernos para hacer frente a la pandemia. Y no es que los estragos que el virus pueda causar en una persona sean irrelevantes. En ese sentido, probablemente, según se dice, un importante sector de la población enfermará y saldrá de la enfermedad con menores consecuencias.

La preocupación se centra en sectores de la población para los que el virus podría ser letal y, probablemente, dadas las dimensiones de esos sectores, lo que se teme o el riesgo real estriba en hacer colapsar un sistema sanitario deficiente y con rezagos importantes, por ello hay que detener la economía para luego echarla a andar bajo la misma lógica, porque resulta que la inmovilidad económica del país es la cura para la tragedia que la misma política económica genera.

Quizá por ello, Agamben, no por olvidarse de los riesgos a los que la población está expuesta con relación al virus, va más allá, desde aquí. La medicina de la política económica vigente lastimará más, y a más personas, de continuar con el “quédate en casa” en lugar de debatir sobre la posibilidad de otra política económica y con otras reglas. Una política económica cuyo sistema de producción sea altamente profiláctico con relación a la naturaleza toda, comprendido más que nunca, el ser humano, cómo parte de ella y no como su amo. Un sistema político-económico-sanitario en el que, según lo escrito por Judith Butler en días recientes, no estén entrelazados nacionalismos, racismos, xenofobia y un capitalismo exacerbado que, en algunas latitudes, empieza ya a decidir quién muere.

La riqueza de una política económica otra, en atención a lo expuesto, deberá garantizar el acceso libre a todo aquello que posibilita una vida saludable y ese debiera ser su mayor tesoro. Eso supone otra antropología también. Una en la que el trabajo y el esfuerzo conjunto se transforman en una alta responsabilidad de presente que garantiza un futuro más promisorio en el que el ser humano no es un esclavo de una política económica que lo enferma y lo encarcela, en su casa, en lugar de ofrecerle seguridad sanitaria a través del modelo mismo. Eso, solo será posible si este humano se olvida de la providencial dependencia del modelo político-económico y se reconoce como corresponsable en todo aquello que con su actuación sostiene. Y ello tiene que ver con la forma de quedarse en casa si se está en casa o con la estrategia e inteligencia con la que se le haga frente a lo que viene; porque el virus, según se dice, no en tan nuevo y su presencia entre los humanos se debe a los modelos de producción.

 

Cabe señalar, que a este virus ya se le veía venir y a algunos les convenía y a otros los tomó por sorpresa y mal preparados, otros lo aprovecharán para ganar y el lío no está en ello sino en el cómo hacerlo; con quiénes y con que fines. Allí y aquí es donde se puede escribir una historia distinta que no amenace la libertad y el acceso a la vida. En esa historia, la definición de riqueza tendrá que explicitar los resultados del trabajo y de la relación entre los seres humanos y la naturaleza y no podrá ser sino profiláctica. Porque los muertos, muchos de los muertos, solo son el resultado de una mala profilaxis política, económica, sanitaria y humana, eso se le considera como responsabilidad humana, salir a la calle no es el riesgo, la torpeza con la que se sale a la calle, se trabaja y se ejerce la libertad humana, es lo que más mata, posiblemente.

Subcategorias: